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  • David López García

Las dimensiones de la desigualdad



Durante la semana pasada la Red de Estudios sobre Desigualdad del Colegio de México presentó un informe titulado Desigualdades en México 2018. El primer acierto del informe es que aparece en un momento clave para la discusión pública: el cierre de las elecciones presidenciales. El segundo acierto es su enfoque que va más allá de lo tradicional en el estudio de la desigualdad.


La perspectiva tradicional es medir la desigualdad en términos de ingreso de los hogares. Pero el estudio va más allá. Lo que hace es profundizar en algunos de los mecanismos subyacentes que podrían explicar la divergencia de los ingresos. Específicamente, el informe discute dos conceptos igual de importantes que la desigualdad del ingreso, pero menos debatidos: la desigualdad acumulativa y la interseccionalidad.


El concepto de desigualdad acumulativa se refiere a que la desigualdad no se vive por episodios aislados que se van sin dejar consecuencias. No, este concepto sugiere que la desigualdad es persistente y genera una especie de bola de nieve negativa que crece a lo largo del tiempo. Carecer de oportunidades hoy afectará de forma negativa las oportunidades en el futuro. Por el contrario, las personas que sí tienen oportunidades hoy incrementarán sus oportunidades más adelante.


Por ejemplo, si una persona nace en una familia pobre tendrá que ir a la escuela pública en donde no le enseñarán inglés. En cambio, si una persona nace en una familia con recursos económicos podrá ir a una escuela privada donde sí le enseñarán inglés.


La persona que fue a escuela privada y aprendió inglés puede aspirar a hacer un posgrado en el extranjero, lo que a la larga le brindará un mejor ingreso. La persona que fue a la escuela pública y no aprendió inglés difícilmente puede aspirar a hacer un posgrado en el extranjero. Así de sencillo funciona la acumulación de la desigualdad.


El concepto de interseccionalidad se refiere a que las personas tienen varios rasgos sociales que interactúan entre sí. Es decir, las personas no son unidimensionales: viven diferentes combinaciones de clase, género, etnia, discapacidades, orientación sexual, edad, religión, entre otras categorías. El concepto de interseccionalidad propone que cada característica interactúa con el resto de las características de una persona. Es esta combinación particular la que determina el grado de discriminación o de aceptación que una persona enfrentará en su vida.


Por ejemplo, imaginemos un varón en sus 30, con educación universitaria, de tez clara, sin dependientes, bien parecido y con un buen trabajo. Esta persona tiene muchas de las características que le abrirán las puertas en nuestra sociedad. Ahora imaginemos una mujer indígena en sus 50, de tez morena, que sólo cursó la educación básica, jefa de familia y con varios dependientes económicos. Desafortunadamente, nuestra sociedad no será tan generosa con esta mujer como sí lo será con nuestro varón hipotético.


El estudio sobre la desigualdad en México no es nuevo, pero éste llega en muy buen momento y con un excelente enfoque. La sociedad civil organizada ha hecho eco del estudio y el tema está tomando relevancia en la discusión pública. Esperemos que los candidatos presidenciales le den la importancia que amerita. Insistamos en que adapten sus plataformas electorales para enfrentar la desigualdad con seriedad y decisión.


Columna para El Diario NTR de Guadalajara

Foto: Revista Proceso

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©2019 | David López García 

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